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Lucha libre mexicana, 80 años de espectáculo

Las “llaves”, los lances y los “costalazos” llegaron hace ahora 80 años a México, luego vinieron las máscaras, las capas y los grandes personajes que, repartidos entre rudos y técnicos, le han dado identidad a este país.

La lucha libre mexicana cumple ochenta años en un momento que mantiene su gran repercusión. EFE

Desde entonces en la popularidad del deporte mexicano han desfilado personajes como El Santo, Cavernario Galindo, Blue Demon Huracán Ramírez, Doctor Wagner, Médico Asesino, Rayo de Jalisco y El Perro Aguayo entre miles de gladiadores que le han dado color a las arenas mexicanas.

“La lucha tiene un fundamento deportivo muy fuerte. La preparación de un luchador se puede comparar con la más difícil de cualquier atleta”, cuenta a Efe Salvador Lutteroth Camou, hijo de Salvador Lutteroth González, el llamado padre de la lucha libre mexicana.

La satisfacción de conquistar la máscara de un adversario es uno de los grandes momento de la lucha libre mexicana. EFE

Fue Lutteroth González quien en 1929 vio por primera vez un combate de lucha libre en El Paso, Texas (EE. UU.), y cuatro años después organizó la primera función en la Arena Modelo, conocida también como la antigua Arena México, el 21 de septiembre de 1933, en la que participaron los luchadores Chino Achiu, Bobby Sampson, Cyclone Mackey y Yaqui Joe.

“El que aspira a ser luchador tiene que prepararse físicamente durante meses y años y tiene que superar ese primer filtro. Después viene la parte de la técnica con la lucha olímpica, grecorromana, que lleva mucho, hasta años, aprenderla y al final se llega a la lucha libre”, explica el empresario.

EL ESPECTÁCULO DEL DEPORTE

Lutteroth Camou recuerda que en sus inicios los gladiadores eran en su mayoría estadounidenses, pero su padre buscó desarrollar luchadores locales y poco a poco los nacionales se convirtieron en mayoría y fueron agregando a la lucha sus propios elementos.

La cantidad de aficionados que atraían en cada función y el gusto de los mismos por el deporte-espectáculo provocaron que el empresario construyera la Arena Coliseo.

El inmueble, ubicado en el Centro Histórico de Ciudad de México y con capacidad para 6.400 personas, fue inaugurado el 2 de abril de 1943 y casi 10 años después albergó el duelo de máscara contra máscara en el que Alejandro Cruz, alias Black Shadow, perdió su incógnita ante el ídolo del momento y de décadas posteriores, Santo el Enmascarado de Plata, el 7 de noviembre de 1952.

Se estima que 600.000 espectadores acuden cada año a los espectáculos de lucha libre en México. EFE

Cuentan las crónicas de aquellos años que la Arena fue insuficiente para la cantidad de aficionados que quería presenciar el histórico combate.

Los llenos eran constantes tanto en la Arena Coliseo como en la Modelo. Lutteroth González se dedicó a integrar a nuevos luchadores, mientras preparaba la construcción de la Arena México, que albergó el boxeo en los Juegos Olímpicos México de 1968.

La Arena México, levantada en la céntrica colonia Doctores, fue abierta el 26 de abril de 1956 con una función en la que participaron el Médico Asesino, Rolando Vera, Blue Demon, El Santo, Bobby Bonales y El Gladiador, entre otros.

Lutteroth Camou afirma que la cercanía e identificación que tiene el público con los luchadores hacen de este espectáculo una actividad única y diferente del resto de los deportes que tienen a sus protagonistas a mayor distancia.

Son héroes que se pueden tocar, la cercanía con los personajes es vital. Uno los ve hacer grandes acciones sobre el cuadrilátero y el luchador tiene esa condición humana de acercarse a su público

MÁSCARAS COMO LA DE LOS SUPERHÉROES

La nutrida asistencia de los aficionados a las arenas, que el empresario estima en unas 600.000 al año actualmente, es y sigue siendo el motivo principal para que la lucha libre tenga repercusión hasta nuestros días.

El público es el mejor juez para rechazar, aceptar o convertir en ídolo a un gladiador. “Es muy difícil saber qué hace química con el público y crear personajes que gusten o que odien. Las máscaras les dan una identidad secreta a los luchadores, como la de los superhéroes”, señala Lutteroth.

Este deporte-espectáculo ha sido digno tema de análisis como el elaborado por el sociólogo francés Roland Barthes y publicado en su libro “Mitologías” (1957) bajo el título “El Mundo del Catch”.

Los empresarios Salvador Lutteroth González (d) y Salvador Lutteroth Camou. EFE

La actividad de los gladiadores también nutrió a la cinematografía mexicana al marcar por cuatro décadas, de 1950 a 1990, la pantalla grande con el llamado “Cine de Luchadores”.

En sus ocho décadas, grandes estrellas han marcado los cuadriláteros mexicanos, como Cavernario Galindo, tal vez el mejor luchador de estilo rudo que haya existido; Wolf Ruvinskis, Doctor Wagner, Blue Demon, El Santo, El Médico Asesino, Murciélago Velásquez, El Solitario, Mil Máscaras, Diablo Velasco, Ray Mendoza, Alfonso Dantés, El Perro Aguayo, Emilio Charles y Rayo de Jalisco.

La Empresa Mexicana de Lucha Libre, el actual Consejo Mundial de Lucha Libre, fue la fuente de donde surgieron el resto de las compañías, entre las que destacan Triple AAA, IWRG, Alianza Universal de Lucha Libre y DTU, entre otras.

De hecho, la primera transmisión deportiva en México en el canal 2 fue una función de lucha libre. “Un regente (Ernesto P. Uruchurtu, que gobernó Ciudad de México entre 1952 y 1966) prohibió que la lucha libre fuera transmitida por televisión y ese señalamiento hizo que bajaran los ingresos”, recordó Lutteroth Camou.

Un duelo del bien contra el mal, la esencia de la lucha libre, con los gladiadores mexicanos Olímpico, Rey Bucanero, Último Guerrero y Satánico, quienes con sus maniobras se ganaron el apoyo de públicos ajenos.

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