Reserva de La Puntilla de Santa Elena (Ecuador): El encanto de lo salvaje

En el extremo más saliente de la costa ecuatoriana, azotado por el oleaje y zarandeado por la interminable brisa del Océano Pacífico, hay un lugar que es refugio de decenas de especies animales: la reserva de La Puntilla de Santa Elena, un enclave natural donde pervive el encanto de lo salvaje.

  • Foto: Ministerio de Turismo de Ecuador
  • Foto: Ministerio de Turismo de Ecuador

Ubicada en la provincia de Santa Elena, la reserva natural está formada por una franja de tierra que se adentra en el océano y por las aguas que la rodean, zona en la que anidan hasta 50 especies de aves marinas, 46 de ellas migratorias.

Grupos de alegres piqueros de patas azules se alinean tranquilos en las rocas, desde donde contemplan las agitadas aguas, acompañados por sus parientes, los ‘migrantes’ piqueros peruanos, aunque por temporadas hacen acto de presencia otras especies, como el gaviotín inca, que apareció por sorpresa a finales del pasado año.

Estas aves se quedan normalmente en ecosistemas del vecino Perú, pero en esta ocasión remontaron la costa hasta La Puntilla, explica la responsable de la reserva Beatriz Ladines.

El agreste paraje, que también acoge pelícanos y petreles, entre otras aves, ha sido sometido a un programa de adecuación que, con una inversión de cerca de un millón de dólares, se orienta a fomentar el turismo para alcanzar la meta de recibir a 300.000 visitantes en 2015.

Ecuador, que quiere hacer del turismo uno de los pilares de su economía y de un cambio de matriz productiva para depender cada vez menos de la venta de petróleo, impulsa numerosos proyectos turísticos y uno de ellos es esta reserva, que conjuga el atractivo de su espectacular paisaje con su rica biodiversidad.

“Este lugar es súper-chévere -comenta con entusiasmo Ladines-. Se pueden ver delfines nadando, brincando, las ballenas jorobadas, otras especies de aves marinas, aves migratorias…”.

Las ballenas son, precisamente, uno de los principales atractivos. Es posible avistarlas a partir de mayo, cuando recorren las aguas costeras entre llamativos saltos y coletazos que forman parte de la ceremonia de cortejo y que hacen las delicias de los sorprendidos turistas.

Su presencia se puede observar hasta octubre, noviembre e incluso diciembre, según han registrado científicos que observan a estos cetáceos, pero en esa época del año es más difícil encontrarlos, pues las ballenas “llegan acompañadas de sus bebés, los ballenatos, y están más tranquilas”, explicó la responsable del parque natural.

Pero en La Puntilla hay otras sorpresas, como una singular colonia de lobos marinos sudamericanos que ha dado, precisamente, el nombre de ‘La Lobería’ al espacio que ocupa entre las rocas.

Un grupo de cuatro ejemplares se estableció en 1997 en La Puntilla y año a año ha ido creciendo hasta llegar a los actuales cerca de ochenta animales.

Los visitantes pueden contemplar desde un mirador cercano las evoluciones de los mamíferos marinos, que lo mismo se zambullen para capturar alimento que se dejan acariciar por el sol y la brisa tendidos sobre las rocas.

La Puntilla, que obtuvo en 2008 la denominación de Reserva de Producción de Fauna Marina Costera, tiene una extensión de 52.200 hectáreas marinas y 108 terrestres que corresponden al perfil costero.

La zona incluye los miradores de El Soplador, La Chocolatera, El Gaviotín, El Faro y el Mirador de La Puntilla, entre los cuales serpentean varios senderos, con una longitud de cuatro kilómetros.

Además, cuenta con las playas de Punta Carnero, La Diablita y Mar Bravo, todas ellas caracterizadas por un fuerte oleaje y frecuentadas por surfistas y visitantes que gustan del descanso, el sol o los deportes, si bien no son aptas para el baño.

Pero en la reserva se dan también otros fenómenos, como la anidación de tortugas, un proceso que es cuidado con todas las cautelas por los responsables del parque.

Durante la temporada reproductiva, el personal de este espacio protegido inspecciona minuciosamente las playas a diario y localiza en la arena los nidos donde son depositados los huevos.

Sobre ellos se colocan mallas metálicas, que se cubren con arena, para proteger a las futuras crías de las agresiones de perros asilvestrados.

Este proceso, marcado por un cuidado permanente hasta el momento de la eclosión de los huevos, se da apartado de la vista de los turistas, permite conservar la población de tortugas del parque y es otro relevante testimonio de la importancia ambiental que tiene para Ecuador este salvaje recinto.

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